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17 de noviembre de 2012

PARECE QUE ESTÁ MUERTO (capítulo 11)



LOS CUATRO HIJOS DE ULRICH Y APEL

Al cobijo del verde páramo en la vertiente de la montaña, Melissa crece salvaje como una planta agreste. Es inusitada y extravagante y a la menor provocación y sin decir agua va, suele ser excesivamente pertinaz. Su peculiar y exacerbado dinamismo no aniquila en absoluto su exquisita belleza, no obstante, muy pocos jóvenes hidalgos de la plácida comarca y del pujante señorío de Pollença pretenden osar sus ojos en los de ella. En cambio Apel, su pequeña y fortuita hermana, es gentil, dócil, inocente y devota al extremo piadoso de la santidad. De tal modo, la pequeña Apel provista de dones tan preciados no tarda en conquistar el corazón de Ulrich con quien se desposa al cumplir los diecisiete años.

No bien completado el primer año de su matrimonio, nacen los gemelos André y Joan, pero la precaria salud de la joven madre y la reciente muerte de la señora Ferrater obliga a Melissa, -la otrora niña olvidada de la ermita- a fincar su residencia definitiva en la hacienda de los esposos Ancarola dedicándose por completo en cuerpo y alma al cuidado solícito de Apel y de sus robustos mellizos quienes exigen con vehementes rabietas el desvelo cotidiano de la inquebrantable Melissa.

El tercer hijo de los Ancarola, quien sería mejor conocido por el apelativo del ecuánime Joaquím, nace exactamente el mismo día que los vigorosos gemelos cumplían dos años y ni más ni menos, veinticuatro meses más tarde Apel da a luz a un nuevo crío quien recibe el sagrado sacramento del bautismo con el nombre de su abuelo paterno Georg. Los cuatro inquietos varones Ancarola mantienen siempre ocupadas a las dos mujeres que ven transcurrir sus días en la rutina doméstica de sol a sol. En cambio Ulrich se dedica por completo a las actividades propias del huerto donde crecen fragantes las finas hierbas junto a las berenjenas, alcachofas, endibias, espárragos, la regia granada roja, el melón verde, la cidra y los suculentos albaricoques de sabor ligeramente acidulado.

A la par de la cosecha de frutos y hortalizas la gran cantidad de olivos y naranjos que se prodigan en sus tierras le permiten al señor Ancarola comerciar sus productos en las ferias y en casi todas las plazas de los pueblos de Mallorca, pero lo que más fortuna le rinde al pujante señorío es la transportación y venta del cítrico y las aceitunas en los barcos mercantes del puerto de Pollença.

Cuando Georg cumple un año, los gemelos celebran su primer lustro y Joaquím arriba a su tercer aniversario, motivo por el cual el matrimonio Ancarola organiza una ferviente incursión a la ermita de Sant Miquel donde dan gracias al Cristo de piedra y a la virgen Negra por la salud y bienestar de sus cuatro hijos y por todos los dones y bienes recibidos.

Melissa y Apel dejan que los niños jueguen en la explanada del santuario al cuidado de Ulrich y Giraldo, el leal sirviente de la familia mientras ellas disponen las viandas que han llevado para tal ocasión. El día transcurre placenteramente y antes del atardecer parten los paseantes de regreso a la hacienda. El rechinar rítmico de la carreta y el trote lento de los caballos arrulla a los niños quienes se han quedado profundamente dormidos en los brazos y las piernas de ambas mujeres.

Al internarse en la franja del acantilado Ulrich aminora el paso de los animales, en esa zona es tan tupida la fronda de los árboles que prácticamente nunca penetra la luz del día. Por unos instantes se hace total oscuridad, y en el silencio del crepúsculo vespertino se escucha claro el rumor de la cascada apenas atenuado por el rastro sigiloso de la carreta. Repentinamente, se escuchan gritos e improperios de hombres encolerizados, la penumbra y más adelante una curva del tortuoso sendero no les permite ver casi nada. Giraldo da tremendo saltó del galerín y en escasos segundos se encuentra al pie de la curva atisbando a lo lejos, Ulrich lo observa cauteloso desde el carromato que ha detenido apresuradamente.

ABAJO EL MAR EN COMPLETA CALMA

Sólo Melissa se percata de los hechos y mantiene la calma para no alarmar a su hermana ni a los pequeños quienes pernoctan en la parte trasera de la carreta. El griterío y las voces por unos minutos se violentan y después de un breve silencio se escucha el estruendo de un objeto pesado rompiendo de cuajo las ramas de los árboles. Instantes después el galopar de caballos en retirada devuelve el aliento al sirviente que le hace señas a su patrón para que éste avance.

Al llegar al lugar de la escena descubren incrédulos que entre las ramas que vuelan sobre el acantilado se halla milagrosamente suspendida una galera. Diligente y con sobrado arrojo Giraldo baja un poco más de medio metro hasta alcanzar el carruaje. Una de las ruedas aún gira mientras las otras tres han quedado atrapadas entre dos enormes troncos que lanzan sus arreboladas frondas al despeñadero. Abajo el mar en completa calma parece anhelar impaciente la caída violenta del armatoste que sostiene en vilo un baúl y el cuerpo de un hombre salvajemente herido.

-Hay un hombre, parece que está muerto. Anuncia a gritos Giraldo. -Apel se ha despertado y reza en voz baja para que la virgen Negra se apiade del alma de tan infortunado ser.
-Debemos recoger su cuerpo para darle santa sepultura agrega Melissa al tiempo que busca las sogas con las que su cuñado suele amarrar las canastas de la mercadería.

Atan las cuerdas a la carreta que Melissa avanza meticulosa mientras que Ulrich y el sirviente bajan asidos de los troncos llevando en el otro extremo de la soga una parihuela improvisada con la que izan el cuerpo ultrajado del desconocido. Cuando lo depositan sobre el meandro descubren que al hombre aún le quedaba un aliento de vida para implorar humildemente y por el amor de dios por sus escasas pertenencias.

-El baúl... -balbucea el hombre entre gemidos y muecas de intenso dolor. Ulrich ve caer la noche y lo peligroso de la empresa, no obstante, sin pensarlo más, Melissa y Giraldo bajan por los troncos de los árboles hasta la galera donde se mece calmosamente el arcón. Sujetada fuertemente por el mozuelo Melissa alcanza una empuñadura del baúl que al acto sujeta anudándolo con firmeza a un extremo de la cuerda. Ulrich jala desde arriba y en un abrir y cerrar de ojos que a Apel le parece un siglo, todos quedan a salvo y con el baúl rescatado apresuran el paso hacia la hacienda.

Pamela sintió un golpe en el estómago y tal resequedad en la garganta que se levantó del sillón para prepararse un poco de café. En unos minutos regresó a la estancia con una tasa humeante de la aromática bebida. De nuevo se arrellanó cómodamente en el sofá y continuó ensimismada la lectura.

...Cuando llegan a la propiedad el esposo de Apel decide instalar al maltrecho hombre en una abandonada mezquita que se encuentra en el linde de sus vastas tierras. No sabiendo quién es el desdichado personaje ni porque ha sido víctima de tan brutal ataque, obliga a Ulrich a tomar precauciones, además el amo de la hacienda conjetura erróneamente que el anciano de talante bastante decrépito y en tan lamentable estado no vivirá ni un par de días. El señor Ancarola dispone también que el moribundo deberá quedar al cuidado de Melissa quién no manifiesta objeción alguna al respecto.

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