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15 de noviembre de 2012

LA CASA DE LAS GÁRGOLAS (capítulo 2)



LA CASA DE LAS GÁRGOLAS

La residencia estaba construida en la ladera de la montaña. Hacia el exterior, del lado de la calle la casa daba la apariencia de tener un sólo piso, una gran barda de piedra ocultaba el jardín del primer nivel. Los frondosos árboles llenaban de sombra las terrazas de la estancia, la biblioteca, la sala formal y el comedor que estaban divididos por una chimenea laminada con un tiro de cobre circular. En ese primer nivel también se encontraba un baño, la cocina, el desayunador y la cochera que podía albergar tres vehículos. Un patio cerrado comunicaba el cuarto de servicio y el dormitorio de Romelia y su hija Yara con la cocina.

El segundo nivel bajaba metro y medio por una amplia escalera de madera la cual remataba en un pasillo, que conducía a una pequeña sala y a las tres recámaras dotadas de baño, que como toda la casa tenían grandes ventanales con una magnífica vista frente al lago. La escalera continuaba bajando en forma de media elipse otro metro y medio hasta llegar a una sala de T.V., un baño y dos recámaras más, las cuales cada una tenían salida independiente a la terraza. Una pérgola conducía finalmente al invernadero. En un extremo del jardín oculto por el follaje de grandes olmos, había una pequeña construcción donde vivía Artemio.

Toda la casa de estilo colonial mexicano era lo suficientemente grande para que Pamela pensara sin lugar a dudas que sería como buscar una aguja en un pajar. La pareja eligió para ellos la recámara de huéspedes. Su proximidad con la pérgola cubierta de enredaderas "huele de noche", inundaba las habitaciones de la terraza con un tenue aroma floral.

Era de madrugada, Pamela no podía conciliar el sueño, sus grandes ojos veían fijamente el techo tratando de encontrar una respuesta razonable. ¿Y si todo fuera una infame mentira? Jamás, nunca, ni el más insignificante indicio le hacía suponer a otros padres que no fueran los únicos que ella conoció y a los que amó con gran veneración. No, todo tenía que ser una macabra historia concebida en la retorcida mente de la tía Felicia. Se repetía lo mismo una y otra vez atormentándose entre el alud de recuerdos que se entretejían distantes hasta donde le alcanzaba la memoria. Con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas no supo en que momento se quedó profundamente dormida.

Cuando despertó encontró una notita de Ferdinán junto a la almohada.

"Preciosa, no me esperes a comer, estaré todo el día en el Instituto. Descansa. Te quiero Fer".

Estaba tan absorta tratando de organizar su rudimentario plan que había concebido durante el insomnio que no se había percatado de Yara quien llamaba insistentemente a la puerta.
-Adelante, esta abierto. -Dijo alzando el tono de voz. De inmediato se abrió la puerta. Yara entró muy sonriente portando una charola con alimentos y el periódico local.
-Buenos días señora Pamela, su esposo me dijo que le gustan los huevos estrellados con jamón y el jugo de naranja, el pan tostado y el café con leche. ¿Desea algo más la señora?
-Sí, por favor pásame la revista "InterDiseño” -le solicitó Pamela indicándole una mesita que tenía un par de libros y algunas revistas.
-¿La grande? -preguntó con toda naturalidad la muchacha.
-No, la que dice InterDiseño y Arte Virtual.
-¿Ésta? –pregunto de nuevo Yara mostrándole una de las revistas.
-La única que dice InterDiseño. -Insistió Pamela.
-Disculpe señora Pamela, es que... no le entiendo a la letra.
-¿Quieres decir que no sabes leer? –dijo incrédula la mujer y al no escuchar pronta respuesta, arremetió con impaciencia.
-¿Es eso?
-Sí, bueno no,
-Por fin, si o no. -Dijo desesperada Pamela.
La muchacha se puso a llorar tapándose la cara con el mandil, entre sollozos balbuceando un hilo de voz alcanzó a decir. -Mi nombre si lo puedo leer.
-Olvida la revista y ya no llores, prepárate porque quiero que me acompañes al malecón.
-Ya estoy lista señora Pamela. -Contestó de inmediato la muchacha que había recobrado su ingenua sonrisa.
-Saldremos en dos horas, antes tengo que hacer una llamada importante.

En la falda de la montaña y a orillas del lago se desarrolla la actividad social y mercantil de Tesiutla. El centro de la pequeña ciudad de estilo colonial se extiende con sus calles empedradas, desde la iglesia Mayor de Santa Clara hasta el malecón. La fachada de los edificios construidos en no más de dos pisos, destaca de forma notable por el exquisito diseño de la herrería con que se adornan las puertas de los zaguanes, las rejas y los magníficos balcones. El conjunto urbano relata anécdotas e historias que se cuentan en las imágenes de las ventanas translúcidas, elaboradas con vidrios emplomados que llenan de colorido las calles.

Pamela dejó el carro frente al mercado de artesanías. Las dos mujeres caminaron en silencio hasta el malecón, ahí descansaron largo rato sentadas a la sombra de una palapa, hasta que las voces de un lanchero las sacó de su mutismo.
-Un paseo por el lago señito -dijo el hombre que vestía todo de blanco dirigiéndose a Pamela.
-Anímese señito -insistió el hombre nuevamente- el sol no pega fuerte por las nubes y la brisa está muy fresca. Yara veía con ansiedad a Pamela quien tenía el rostro desfigurado en una expresión de profundo dolor inescrutable.
-¿Se siente mal? -le preguntó la muchacha. Pamela movió la cabeza negando sin apartar la vista de algún punto perdido en el horizonte.
-Anímese entonces señora Pamela. Para que se le quite la tristeza -le suplicó Yara. La chica y el lanchero no le apartaban la vista a la afligida mujer que lentamente movió un poco el cuerpo como si fuera a perder el equilibrio. Sorpresivamente hizo un tosco movimiento, se puso de pie y dijo.
–Vamos Yara, el aire fresco nos hará bien a las dos.

ES VERDAD, TODO ES VERDAD

-Es cierto -dijo quedo, apenas si le escuchó Fer.
-Es verdad, todo es verdad -susurró Pamela.
-¿Qué cosa es cierto? -preguntó Ferdinán quien terminaba de instalar una computadora sobre la mesa de la alcoba.
-No son mis padres... me oíste, no son mis padres. -gritó Pamela con tal sentimiento de rabia, que ella misma tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlarse.
Ferdinán se aproximó a su esposa, la besó y la abrazó fuertemente tratando de tranquilizarla.
-¿Localizaste al Dr. Lavista? -le preguntó Fer acariciándole el rostro.
-Si. -¿Y...? -Dijo que... mamá y papá nunca tuvieron hijos.
-Hijos no, pero si una preciosa hija que eres tú. -aseveró Ferdinán.
-Eso mismo dijo el Dr. -sonrió Pamela, limpiándose las lágrimas que le llegaban hasta la barbilla.
-Tontita, tus padres son Abigail y Henry Durán. En verdad, tienes que creerlo amor. Ahora tú y yo sabemos que si no te dieron la vida biológica, tenemos la convicción, y tú mejor que nadie lo sabes, que esas magnánimas personas te obsequiaron todos los días de su vida, con mimos y cuidados que nadie, entiende Pamela, que nadie te hubiera entregado con tanto amor como ellos.
-Tienes razón Fer, no puedo más que sentirme feliz y afortunada por haberlos tenido a ellos por padres amorosos, pero... te das cuenta Ferdinán, hay una mujer que en este momento está muerta, o quizá aún vive. Una mujer que me llevó nueve meses en su vientre... y me abandonó.
-No sabemos cuales fueron las razones que la obligaron a ello pequeña, cualquier juicio de tu parte podría resultar injusto.

Pamela asintió con discreción, había comenzado a serenarse y su rostro tomaba un aire reflexivo cuando súbitamente dijo -¡Claro!, mamá me ha dejado un mensaje. Tal vez ella sabía algo y nunca se atrevió a decírmelo. El paquete, Fer. El paquete tiene que esclarecer muchas cosas. Violentamente Pamela salió corriendo por el pasillo, subió las escaleras dando desmesurados brincos hasta llegar al corredor del piso intermedio. Ferdinán la siguió presuroso. Al aproximarse a la que fuera la recámara de la difunta Felicia, se detuvieron jadeantes frente a la puerta, Pamela tuvo que tomar con firmeza la manija porque le temblaba notoriamente la mano.

–Voy a hurgar hasta el último recoveco de su estúpido escondrijo -anunció iracunda la ahora dueña y soberana de la casa.
-Si es preciso destrozaré el colchón, los cojines, su ropa, sus adornos, sus malditos recuerdos, todo Fer, te lo aseguro -dijo Pamela sumamente exaltada. La puerta se abrió dejando escapar un desagradable olor a flores putrefactas. Atónitos descubrieron que la habitación estaba completamente vacía. Ni un solo indicio, ni siquiera la más remota señal que manifestara la acaecida presencia de la persona que había ocupado en vida esa alcoba por más de sesenta años. Hasta el tapiz de los muros y la duela del piso de madera habían sido recientemente arrancados.

CENTRO DE ESTUDIOS DE INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Ferdinán daba una cátedra de robótica en la Universidad Politécnica Regional y en sus tiempos libres se reunía en el CEIA, (Centro de Estudios de Inteligencia Artificial) con un grupo de jóvenes investigadores interesados en un proyecto común sobre inteligencia artificial. Era la víspera de su entrega de investigación bibliográfica y las hojas de su informe se encontraban aún desiertas. De tanto en tanto garabateaba algunas líneas seguidas de figuras y símbolos algebraicos, que eran prontamente desechados al igual que las hojas de papel que iban a parar atropelladamente al cesto de basura.

-Es inútil, el día de hoy las buenas ideas me han abandonado -se dijo en un tono de cabal resignación- Permaneció en ese estado de abulia mental durante largo rato. Minutos después del mal logrado intento científico literario, había decidido retirarse de su cubículo en la universidad cuando una imagen al otro lado de la ventana llamó sobre manera su atención. Los rayos del sol que se transponían sobre el tupido follaje de un árbol crearon una extraña figura.
-Es un hombre que está a punto de levantar algo... – pensó- tal vez un cuerpo muy pesado. Intentaba desentrañar el confuso objeto, y en cuestión de segundos la imagen se transformó nítidamente en un toro envistiendo un cadáver. Parpadeó para cerciorares y nuevamente la imagen del hombre se había hecho presente. Forzó la vista y tras varios intentos logró enfocar de nuevo al toro. Una brisa ligera movió las hojas del arbusto perdiéndose el arreglo original de ambas siluetas. Tal visión le permitió hacer varias reflexiones con las cuales inició de inmediato su artículo que sería incluido en el índice de la revista Robótica del CEIA.

“Emular la neurofisiología, psicología y psicofísica del ojo humano para determinar esquemas aplicables en visión artificial, establece ante las ventajas el riesgo especulativo de las ilusiones visuales” -leyó directamente del monitor de la computadora el texto que acababa de escribir.
¿Es la visión artificial una forma de procesamiento de imágenes de un mundo tridimensional dinámico, o es el arreglo superpuesto de planos bidimensionales los que determinan las escenas tridimensionales? ¿Por qué ocurre la inversión de la imagen? Ferdinán sabía que las preguntas acababan atiborrando siempre sus hojas en blanco, lo demás es especulación decía, ¡al fin, sabemos tan poco de lo que ocurre en el cerebro!

CANCIÓN DE CUNA DE BRAHMS

Pamela creyó conveniente revisar el dormitorio que había sido de su madre aunque tenía la certeza de que allí no encontraría nada. –Felicia, de existir el supuesto paquete, -se decía, sería este el último lugar donde lo habría ocultado. Entró resuelta en la habitación, le pareció un acto tan habitual que sintió por un momento la grata presencia de Abigail. Todo permanecía en su lugar como antaño y los objetos parecían guardar un riguroso orden cronológico, que concluía de un solo tajo con una foto de familia previa a su matrimonio con Henry.

No había ningún indicio de las visitas que solían hacer sus padres ocasionalmente a la casa de las Gárgolas, aunque ciertamente nunca habían permanecido ahí por más de tres o cuatro días. Ella misma apenas si tenía recuerdos relevantes de sus abuelos. A Felicia nunca la conoció físicamente ya que tenía a bien encerrarse a lodo y piedra cuando ellos llegaban a la residencia de los Thien. Claro que doña Aurora siempre pretextaba una piadosa disculpa para acreditar todo tipo de indisposiciones que solían ocurrirle a su pobre hijita.

Pamela abrazaba hablándoles con ternura a las graciosas muñecas mientras escuchaba una y otra vez la canción de cuna de Brahms que salía melódicamente de una cajita de música, y en su extenuado delirio trataba de adivinar porqué todo en la habitación parecía tan pulcro, que más que reverberar un acto de limpieza, evidenciaba notoriamente una deliberada maniobra de omisión, ¿pero qué se pretendía ocultar? Se preguntaba la joven con gran desconcierto. ¿Quién y por qué quería enmascarar el terrible sufrimiento de Abigail antes de morir a consecuencia del fatal accidente automovilístico, en el que perdiera instantáneamente la vida su gran compañero Henry? Abigail sobrevivió tan sólo dos días después del accidente.

En aquel tiempo Pamela era estudiante de Arte en Barcelona, llegó justo a Tesiutla para ver morir a su madre y darles santa sepultura a quienes le habían dado el privilegio de amarla como a una hija.
-De esta habitación partieron aquel día, -ponderó mentalmente la hija legitimada de los difuntos Abigail y Henry absorta en un mar de desconsuelo. Han pasado ya cinco años, recapitulaba reflexiva escudriñando los acontecimientos pasados. Salieron temprano en la mañana hacia la ciudad de México para celebrar con algunos amigos su aniversario número 28, nunca llegaron al lugar donde les aguardaban.

La biblioteca resultó ser el espacio perfecto para instalar el ultramoderno taller de ciber-arte. Pamela sabía que el sol matinal y la majestuosa vista frente al lago estimularían de gran manera su esmerada creatividad. La joven artista ordenó el desalojo de todos los libros, adornos y muebles de la estancia que quedó reemplazada por un cibernético territorio. Una Mac recién salida del mercado, lo último en escáner, una PC, la impresora láser a color, cámaras de fotografía y vídeo con interfase y hasta una sofisticada cabina de sonido transformaron de súbito el antiguo recinto. Los estantes de estilo colonial del librero que cubrían la pared de lado a lado y de piso a techo con regia madera de cedro se fueron llenando de nuevos libros, artículos y revistas especializadas que Pamela había coleccionado durante todos los años que duró su licenciatura en la universidad de Arte de Barcelona.
-¿Te gusta? -le preguntó a Yara quién se disponía a sacar las cajas vacías.
-Se ve bonito -dijo con su graciosa vocecita de niña ingenua.
–¿Y para que sirven todas esas cosas? -preguntó la muchacha señalando las máquinas con gran curiosidad.
-Deja ahí y ven a ver esto -le instó Pamela que acababa de abrir un archivo de su flamante Mac.
-¿Es una Tele? -interpeló Yara a su patrona.
-No tontuela pon atención. Mira, esto yo lo hice -le dijo en el momento en que apareció al centro del monitor una diminuta figura. Como una cavidad que creciera diestramente, la pantalla en un instante se fue cubriendo de asimétricos bloques angulosos con sofocantes colores que se acrecentaban al ritmo escalonado de la música. Una ráfaga de luz azul-violeta hizo estallar la imagen interior transformándola de manera brutal en el rostro fragmentado de una mujer.
-Es... usted señora Pamela -aseguró Yara fascinada por el espectáculo que acababa de presenciar.
-Tienes razón -contestó satisfecha Pamela. -Se retiraba la muchacha aún exaltada por las álgidas figuras cuando escuchó decir a su patrona.
-¿Cuando entras a la escuela? -El lunes señora -respondió Yara secamente con manifiesto desgano.

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